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Publicar su Obra Click Aquí Autor: marta lucrecia berciano
7/12/2006
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| Título: Al caer la tarde soy su eco Evaluado con 2.86 Puntos | ||
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| Al caer la tarde soy un eco. Reiteradas veces a lo largo de mi vida he tenido sensaciones que se han repetido. Algunas hasta han llegado a molestarme por sus reincidencias. Ser eco es otra cosa, es cosa seria. Tan seria que cuando se acopla admite dos posibles consecuencias, y ambas pueden convivir sabrosamente sin producirse fastidio. Por un lado, uno renueva sus vivencias, moviliza el sedimento y permite trascender lo anárquico y lo arbitrario que a veces se instala en uno mismo y que no permite abrazar la incertidumbre. Porque, ahora soy otro, o ¿del otro? Es, además, un permanente estado de perplejidad que nos invade cuando se manifiesta y nos hace capaces de reconocer que cada uno de los otros puede ser eso,”otro”, auténticamente libre, y en donde no tenemos espacio para mediar o para modificar absolutamente nada. Es aceptarlo, sin preguntas y transformándose en otras preguntas, en las suyas. Es seguir su caminar, solo acompañando, sin bosquejar senderos. Es entonces cuando se reconoce sin más vueltas, el universo de matices, de tonalidades de grises, de verdades inconclusas que no pasan de ser mitos si creemos que son certezas. Y nos vamos haciendo eco de ese promotor. El guía, y uno lo sigue. Entendido esto, permítanme contarles como ocurrió que, y sin sospecharlo, fui convirtiéndome en el eco, imperceptiblemente, de esa estampa, desde aquella tarde de abril, en pleno otoño de mi tierra, cuando los dorados y los naranjas teñían el día anunciando la llegada de la noche. Entonces, todo estaba en su lugar, las horas se habían sucedido como en agobio de ciudad, con sus humedades características y, en lento desgrane, los pasos de aquel hombre que se me adelantaron se mostraban claramente cansados, arrastrando suspiros que denunciaban nostalgias, dolores o vaya a saber que impotencia o fracaso escondido. Yo iba caminado a un costado y a pocos metros más atrás. Lo observaba en cada movimiento pero no veía su rostro. Me preguntaba si el color de sus ojos sería tan oscuro como sus ropas, o si su piel estuviera tan arrugada como sus pantalones. En algún momento, entró a la cafetería. Hacer lo propio, imitándolo fue inmediato y no me detuve a pensar si estaba bien o no. La intención de mis acciones la desconocía, solo estaba atrapada en un algo que no tenía forma ni razón. Indudablemente él era una figura real y yo me movía como sombra. El lugar estaba iluminado escasamente, y en realidad, ya se hacia necesario encender las lámparas porque cada rincón recogía lo jubiloso del crepúsculo, a pesar de los tornasoles que persistían y se imponían por las ventanas. El hombre se sentó en la mesa pegada a la puerta, como si su partida estuviera asegurada al instante de desearla. Elegí un sitio más apartado, para poder mirarlo sin que el percibiera lo que estaba haciendo. No se porqué, pero así fue hasta ese momento, tal como lo relato. Entonces lo vi, casi de frente, y me di cuenta que de hombre común no tenía nada. El sólo vagaba su mirada, profunda, triste, insondable y, sin embargo, increíblemente azul. Evidentemente, no me veía. Yo…no podía apartar mis ojos de su figura. Advertía lo crispado de su mano tomando el vaso, y esto me decía de la llegada de la noche con presagio de dolores. Comencé, en mi mundo de fantasía, a girar con las preguntas. No sé si eran las suyas o las mías. Muchas, como oleadas, en una ida y vuelta que tiene más que dar cuenta de mi curiosidad que de sus ganas. Una lenta melodía se escuchaba en el lugar. Me dejaba arrastrar por los acordes en una danza infernal de interrogantes, porque el hombre en cuestión mostraba una pobreza de espíritu, pero no una carencia de recursos. En un momento, levantó la mirada y nuestros ojos se encontraron. El persistía, los había fijado con tal firmeza que fue a partir de ese momento, en que comencé a darme cuenta que estaba atrapada y que debía dejarme arrastrar hacia ese modo de ser nuevo en mí…un eco…su eco. Casi con inconsciencia, me levanté y caminé hacia su lado. Sin autorización, me senté en la misma mesa, bien enfrente, como si ambos deseáramos estar juntos, hablarnos y guardando silencio a la vez. Debió haber visto mi inquietud porque no me negó un lugar en la mesa, y sin mediar permisos, comenzó a ¿abrir? su corazón. Figura y sombra…el y yo…ser y eco. -Necesito beber para descansar -fue lo que dijo. -Cumple el deseo- fue mi muda respuesta mientras pensaba en el descanso que dura tanto como dura un borrachera. No me cabía ya ninguna duda. Todo el era inmutable y mudo pensamiento doloroso, incapaz de decir o de gritar razones. La pianola del lugar continuaba haciendo sonar una canción en inglés entonada por la Straisand mientras yo pretendía meterme dentro de él, arrancar las palabras que silenciaba, porque al final de cuentas yo me sentía como perteneciéndole, ¿acaso no era su eco? -Fue una guerra, y me defendí. Luego agregó: -Solo atiné a caminar lentamente cuando la vi. Yo avanzaba pero... ella se alejaba. Su voz era un mudo alarido y yo quería escarbar más allá de la razón. Imaginé que lo nada que me decía, era como expresar, que había perdido todo. Brazos, ojos, pierna, hasta la vida y la muerte. -Ya no le temo a la muerte, dijo. Eso sí lo dijo. Buscaba dominarse, pero evidentemente lo hacía lentamente y como queriendo decir…decirme. Entonces pudo y como repasando la historia, recordó la circunstancia. Desde el exilio la amaba, ahí la conoció. En medio de malos tratos, desarraigos y brutalidades. - Ella me daba fuerzas, yo la abrazaba por dolor y soledad. Siempre así, como ritual. -Fue eso lo que nos hizo sobrevivir al espanto, ella conmigo, yo con ella. Cada palabra que escuchaba, se instalaba en mi misma, cubriendo espacios vacíos.Dijo que de este modo pasaron diez dolorosos años. -Pero sobrevivieron.-, exclamé. En ese instante, como depositándose finalmente en absoluta entrega, relató el desenlace. Describió, sucintamente, los años vividos, después de la vuelta. Uno como esclavo del otro, atrincherándose a veces por miedo, otras por esperanza, y la mayor de las veces…por amor. Ya no dije nada más, solo él decía. -Ahora se fue. -Se fue porque la maté. Juró que habían pasado más de veinticinco años que no tomaba decisiones solo. Permanecí inmutable, con la boca entreabierta, muda de horror, de incapacidad para dar respuesta. -Antes, no hacía falta nada, era como una sombra prendida a su caminar; ella, y yo, algunas veces ella me seguía, otras, era yo. Diagramé el escenario del último grito, y decidí estar a su lado sin que me lo pidiera. -¿Porqué?, pregunté. -Por cansancio, por asombro, porque miró al costado. Prefirió otro rumbo. Comprendí lo que relataba, y descubría cual era el nuevo vacío que vivía y que no quería llenar con broncas, ni con despechos. Entonces, me apoderé y me instalé. Soy su eco, seguiré siéndolo hasta el final ¿O es que acaso no se vislumbra que se repetirá la historia?-.Otra vez al exilio, otra vez la tortura, otra vez a sobrevivir. La pianola del lugar, aún persistía con José Feliciano. Había caído la tarde y no había tristezas. El existía…yo…abracé implacablemente la figura de ser su eco. |
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